Jean Baptiste Martin-Granel nace el 4 de octubre de 1948 en Charente- Maritime, Francia.
Su recuerdo más antiguo es el magnético azul de un portón de madera en Sidi Bou-Saïd, Túnez, donde pasó su primera infancia.
De nuevo en Francia, trabaja desde muy joven con su padre, escultor y maestro del vitral; ese aprendizaje entre vidrios y luz al lado de un alma medieval, lo orientará a una pintura atenta al detalle y en formatos pequeños cuando la mayoría de sus contemporáneos utiliza telas gigantescas. Participa en la elaboración, entre otros, de los vitrales de Sainte-Marie en Antony, y realiza los de la capilla románica de La Genétouze y del Via Crucis de la catedral de Royan.
En 1971 abandona las técnicas del vidrio por las de la pintura. Radica entonces en Italia (Roma, Apulia y mayormente una ermita cercana a Asís, donde empieza a pintar, saliendo también a dibujar en el campo). En 1973 tiene un primer contacto con México, que decidirá ─después de dos años en París— su instalación en esa tierra, cuya nacionalidad adopta. Desde entonces, salvo algunas colaboraciones en el campo de la edición y de la animación cinematográfica, se dedica enteramente a la pintura.
Con excepción de un curso sobre la técnica del fresco, al que asiste invitado por el pintor Luis Nishizahua, su formación pictórica es de autodidacta. Se mantiene alejado del medio artístico, de galerías y críticos. Prefiere, y necesita, trabajar en la soledad y recogimiento de su estudio. Evita teatro, cine, cualquier interferencia para su trabajo interior. No expone, y rechaza entrevistas. Piensa que en su momento, si algo tenía que decir, lo habrá hecho a través de la pintura.
Se nutre abundantemente, eso sí, de buena música y literatura, más el estudio personal constante de las artes plásticas de todas las épocas. A través de los años lleva unos cuadernos donde dibuja, reflexiona, dialoga con los autores que le merecen mayor respeto y constituyen para él un estímulo constante, e inserta citas de los mismos cuando lo hacen reconocer y definir su propia búsqueda o le revelan algo sobre lo que quiere seguir indagando. Sobresalen y se repiten nombres como Nietzsche, Bacon, Alechinsky, Michaux, Morandi, Rilke y, más que ninguno, Braque. Sus páginas parecen manifestar un dinámico “horror al vacío”: recortes y collages de lo más variado alternan con dibujos y todo tipo de grafismos y escrituras invadiendo completamente la página, bien compuesta y salpicada de humor, a veces un tanto macabro.
Bajo el hechizo de Piero della Francesca, sus óleos y acuarelas evocan, que no imitan, las grietas y capas descascaradas de un fresco antiguo. Se interesa en subrayar la “verticalidad” del lienzo, es decir, su superficie bidimensional contra el muro, a plomo, sin el mínimo intento de representar profundidad o perspectiva. Sí en cambio dejar sentir, o aparecer, los elementos que sostienen y constituyen esta verticalidad. Que se sienta, que se vea, la tela sobre la que pinta; incluso cuando lo pintado es francamente una losa, deja al desnudo partes del lienzo, o que se transparente bajo el color. Llega hasta a deshilar algunas líneas en el tejido de su material (lino fuerte crudo las más de las veces, pero también yute, manta, un textil africano). Poco a poco esto desemboca en el uso de telas deshilachadas o cosidas, de contorno irregular, pintadas tal cual, sin bastidor.
Atraído por los colores del tezontle, piedra volcánica de oscuros tonos granate presente en el paisaje y arquitectura colonial de México, arranca trozos de la montaña y los lleva a su estudio, donde los tritura, muele, tamiza; su paleta de la mejor calidad inglesa se enriquece con los colores de las propias piedras y arenas en frascos alineados junto a los mil pequeños instrumentos que él mismo se fabrica con bambú y metal.
¿Sus temas? Los de siempre: un fruto, un árbol, un agave en el paisaje, la mujer… tratados todos de manera esencial, figuración apenas. O ninguna, si el tema es ya solo emoción. El amor al detalle mencionado arriba se refiere a la extrema finura de matices no solo en cuanto a color, sino a la proliferación de sus graffiti y (pincel que también “palpa”) a la riqueza —ya mineral, ya etérea— de sus texturas.
